La Torre de la Sagrada Família: El legado de Gaudí a 100 años de su visión arquitectónica
La Sagrada Família conmemora el 30 de noviembre el centenario de la torre dedicada a san Bernabé, la única que Antoni Gaudí pudo ver concluida durante su vida. El célebre arquitecto fallecería siete años después, tras ser atropellado por un tranvía en la Gran Via. Este evento marca una ocasión propicia para explorar la riqueza documental de la basílica y rememorar el contexto histórico de noviembre de 1925.
Ubicada frente a la fachada del Nacimiento, la torre de Bernabé es la primera de las cuatro que se alinean a la izquierda. Su construcción generó un gran interés mediático, similar al que hoy suscita la torre central dedicada a Jesús. En su época, un semanario de gran influencia, «El propagador de la devoción de San José», desempeñó un papel crucial en la obtención de donaciones para financiar la obra. Levantar las andamios de la torre supuso un coste de 1.300 pesetas, una suma considerable para la época.
En la actualidad, el financiamiento de la Sagrada Familia no presenta inconvenientes, gracias a los donativos de los turistas que superan los 136 millones de euros anuales. No obstante, persisten curiosas similitudes entre 1925 y el presente 2026. Recientemente, se informó que la torre de Jesús ha superado en altura a la iglesia de Ulm, al igual que hace un siglo la torre de Bernabé, que alcanzó los 98,8 metros, desbancando a la Giralda de Sevilla por un margen similar.
Cien años han transcurrido desde la culminación de la primera torre hasta la central, y las técnicas de construcción han cambiado drásticamente. Mientras que hoy se utilizan grúas, en el pasado la fuerza de los trabajadores era fundamental para elevar los materiales. El uso del cemento Portland en la Sagrada Familia fue una i
ovación en su momento, una técnica impulsada por Eusebi Güell, quien mantuvo una estrecha relación con Gaudí.
Sin embargo, no fue el uso del cemento lo que más fascinó a los barceloneses, sino el vibrante juego de colores de los mosaicos, elaborados por la Unión Vidriera Española y la firma veneciana Orsini, un nombre que resonaba en Barcelona a finales del siglo XIX y principios del XX. Curiosamente, el apellido Orsini también estaba vinculado a un inventor de dispositivos explosivos, destacando el contraste entre la belleza artística y la historia tumultuosa de la época.
La exploración de los archivos de la Sagrada Familia revela también los rostros de los barceloneses que sirvieron de modelos para las esculturas del templo. Historias como la de un vigilante que fue modelado como Judas, o una devota que, a pesar de no llegar a Roma, prestó su imagen para la Virgen María, enriquecen el relato. Incluso Ricard Opisso, uno de los colaboradores más cercanos a Gaudí, tuvo que someterse a un peculiar proceso de modelado.
Opisso describió la tenacidad de Gaudí como «diabólica», y aunque su trabajo era a menudo ingrato, era consciente del genio que lo guiaba. A pesar de que sus amigos, como Pablo Picasso, le instaban a dejar todo y mudarse a París, Opisso permaneció, reconociendo el valor del legado artístico que estaban construyendo.
Gaudí, un ferviente creyente, también mostró su humildad y generosidad. En una anécdota, se relata que una mujer confundió al arquitecto con un mendigo y le ofreció unas monedas, que él probablemente destinó a la finalización de al menos una de las torres de la fachada de la Pasión.
El relojero de la Sagrada Familia, conocido por su carácter reservado, se atrevió a expresar su alegría al ver culminada la torre, a lo que Gaudí consideró el mayor de los elogios, no solo por las palabras, sino por quien las había pronunciado.


