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Diez años de Puigdemont: del auge del postpujolismo al colapso del espacio convergente

Diez años de Puigdemont: del auge del postpujolismo al colapso del espacio convergente

El inesperado relevo del postpujolismo

Carles Puigdemont asumió la presidencia de la Generalitat en un momento crítico para el catalanismo tradicional. La corrupción que manchó el legado de Jordi Pujol, junto al desgaste de Convergència, dejó un vacío en un amplio sector del electorado nacionalista. En este contexto, Puigdemont fue visto como un renovador: un independentista sin complejos, periodista de profesión, con un discurso internacionalista y aparentemente alejado de las sombras del pujolismo.

Durante sus primeros meses en el cargo, se convirtió en la esperanza de restablecer un liderazgo moral y político que uniera la tradición de gobierno con la nueva ola soberanista.

De la conciliación al conflicto abierto

Sin embargo, este intento de síntesis resultó efímero. El proceso independentista intensificó todas las contradicciones, llevando a Puigdemont a evolucionar de presidente de transición a líder de la etapa más rupturista del independentismo institucional. El referéndum del 1 de octubre de 2017 y la posterior declaración unilateral de independencia marcaron un punto de no retorno.

La aplicación del artículo 155 y su posterior huida a Bélgica transformaron su figura: pasó de ser un presidente autonómico a convertirse en un símbolo del independentismo en el exilio. Para muchos, se erigió como un referente épico; para otros, fue el líder que llevó al catalanismo de gobierno a un callejón sin salida.

El colapso definitivo de CiU

Con la llegada de Puigdemont, CiU, que ya se encontraba en crisis, se vio condenada a la desaparición. El ciclo político que se inicia con su liderazgo certifica la fragmentación del espacio convergente: primero CDC, luego PDeCAT y finalmente Junts. Lejos de recuperar la centralidad política que había ocupado el nacionalismo moderado durante décadas, el liderazgo de Puigdemont ha impulsado a Junts hacia una lógica de confrontación permanente.

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En este proceso, el partido ha perdido su condición de fuerza hegemónica, así como su tradicional implantación territorial y su papel como bisagra en la política catalana y española.

Junts: un liderazgo personal con debilidades estructurales

Diez años después de su investidura, Puigdemont sigue siendo el principal activo y, a la vez, el mayor límite de Junts. Su liderazgo es indiscutido, aunque profundamente personalista. El partido gira en torno a su figura, careciendo de un proyecto claro de relevo o de una estrategia compartida más allá de la presión constante sobre el Estado español.

Electoralmente, Junts se mantiene, pero ya no ejerce el control. Ha pasado de gobernar la Generalitat a competir por la hegemonía dentro del propio independentismo, mientras que el espacio que una vez ocupó CiU como gran partido de gobierno permanece, teóricamente, vacío.

En la práctica, sin embargo, Alianza Catalana de Sílvia Orriols está lista para recoger su legado en votos, aunque no logre ocupar ese espacio central que se ha «dretanitzat». Curiosamente, la centralidad en Cataluña ahora la representa Salvador Illa y su PSC.

Reflexiones sobre una década

La década de Puigdemont es, en gran medida, la crónica del declive del catalanismo que gobernó Cataluña durante más de treinta años. Desde la esperanza de regeneración postpujolista hasta el colapso del espacio convergente; del pragmatismo institucional al simbolismo del exilio; de la centralidad política a la marginalidad estratégica.

Puigdemont no solo es un protagonista de estos diez años, sino también el reflejo de un proyecto político que, incapaz de reinventarse, se ha consumido por sus propias promesas. Es la representación viva de un «cadáver político» al borde de ser sepultado por su exceso de ego y por una de sus exseguidoras, Sílvia Orriols.

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